sábado 31 de octubre de 2009

Marcelino Menéndez Pelayo.


"El nombre de España, que hoy abusivamente aplicamos al reino unido de Castilla, Aragón y Navarra, es un nombre de región, un nombre geografico, y Portugal es y será tierra española, aunque permanezca independiente por edades infinitas; es más, aunque Dios la desgaje del territorio peninsular, y la haga andar errante, como a Délos, en medio de las olas. No es posible romper los lazos de la historia y de la raza, no vuelven atrás los hechos ni se altera el curso de la civilización por divisiones políticas (siquiera eternamente), ni por voluntades humanas.Todavía en este siglo ha dicho Almeida-Garret, el poeta portugués por excelencia."Españoles somos y de españoles nos debemos preciar cuantos habitamos la península ibérica" .España y Portugal es tan absurdo como si dijéramos España y Catalunya. A tal extremo nos han traído los que llaman lengua española al castellano e incurren en otras aberraciones por el estilo."

miércoles 21 de octubre de 2009

Un interesante y apasionado debate sobre la figura de Lincoln.


lunes 19 de octubre de 2009

Europa y la Fe.


Europa y la Fe de Belloc es de esos libros que a pesar de no ser muy largos ni pródigos en datos históricos concretos, te ayudan a entender las cosas y el porqué de las cosas. Un libro que te introduce en la genuina tradición europea, que te hace sentir miembro de una milenaria civilización. Un libro antídoto al desarraigo.


Su tesis central es la identificación de Europa con la Roma Clásica y la Iglesia como continuadora de esta. Cuando el orden romano implosiona (desmontando el mito de las invasiones bárbaras) y comienzan las Edades Oscuras, es la Iglesia la que salva todo lo valioso de la civilización clásica, la que no solo es capaz de salvar la civilización en los nuevos pueblos surgidos dentro de las fronteras del imperio sino de extenderla más allá de las fronteras romanas. A pesar de las amenaza mongola desde oriente, el avance del Islam o las continuas incursiones vikingas; las Edades Oscuras acabaran desembocado en la luminosa Edad Media con figuras de la talla de San Gregorio Magno o Santo Tomás de Aquino, el nacimiento de la universidad o los parlamentos.


Belloc lamenta la ruptura de la unidad europea que supuso la Reforma, de la que afirma que no dejaría de ser una anécdota en la historia de la Iglesia y de Europa como el arrianismo u otras herejías de no ser por la apostasía inglesa. Gran Bretaña fue la única antigua provincia del Imperio que rompió con la Iglesia y por consiguiente con la tradición romana.


Es el primer libro de Belloc que leo y me ha dejado muy buen sabor de boca. El único pero que le pondría es el constante desprecio que hace a la influencia germana en la configuración de la civilización europea medieval, aunque más que por convicción parece que es en reacción a la exaltación de lo germano que dominaba el ambiente académico del momento.


Lo dicho os lo recomiendo y yo cuando pueda le meteré el diente a otro de los títulos más sugerentes de Belloc: Las Cruzadas.



viernes 16 de octubre de 2009

Julius Evola sobre Donoso Cortés.


jueves 8 de octubre de 2009

Elementos del alma gallega.


La historia de de Galicia no comienza hasta los días ásperos de la Reconquista. Antes de esta data todo son preparaciones, hechos geográficos, raciales o administrativos, que en manera alguna crean concepto de grupo nacional.

El primer factor es, si duda alguna, e geográfico. Desde el Duero hasta el Cantábrico, y en un cuadrilátero cuyos otros dos lados son la costa atlántica y una línea recta que arrancara desde la desembocadura del Eo hasta llegar a las márgenes del Duero, hay un territorio de características uniformes, con flora, fauna y relieve sensiblemente iguales. Tierras de perenne verdor en contraste con las castellanas y portuguesas limítrofes, llenas de una blandura de paisaje opuesta tanto a la fiera montañería asturico-leonesa como a las estepas llanas de la planicie y de la cuenca del Tajo.

Estas tierras estuvieron habitadas desde tiempos antiguos por gentes celtas que, tuvieran o no la condición d aborígenes, lograron amoldarse al terrero y hacerse un factor fundido con el paisaje. No hay que exagerar la importancia del elemento celta hasta confundo con el alma misma de Galicia, cual a lo largo del siglo pasado fue moda y lugar común entre escritores. Antolín Faraldo identificaba Irlanda y Galicia bajo este adjetivo racial, Florentino Vaamonde hace en Os calaicos sea un bardo céltico quien entone las glorias patrias y Murguía atribuía a residuos de colegios druídicos la fundación de los estudios compostelanos, como herencia de la tesis celta de identificar ciencia con religión. Y en nuestros siglo, Ramón Cabanillas define a Galicia como “terriña celta”, Lisardo Barrero entona su rítmico: “Eu son da terra celta das nevaos e dos fumes”, y Jaime Quintanilla aspira a dar catalogación etnológica al nombre gallego diciendo es el único europeo entre todos los de la península.

Entre los factores que contribuyeron a alumbrar Galicia es el celta el más importante, pero en modo alguno el más decisivo y excluyente. Pervive en los usos y costumbres del pueblo una Lara serie de concomitancias que es dado explicar utilizando la herencia celta; pero todas es secuelas no bastan para entender su peculiaridad. La peculiaridad gallega es histórica y no meramente racial, por mucho que la raza haya aportado al logro de aquella diversidad a lo largo de los tiempos.

Esas pervivencias son de muy varia condición. En primer término, las observaciones hechas en los capítulos siguientes denotan la continuidad de una concepción religiosa, casi pseudos- mística, de la naturaleza, que va desde los poetas de los cancioneros, bruscos de rudeza medieval, hasta las exquisiteces delicadas de una Rosalía.

Después, la toponimia celta grita a voces la lejana ascendencia hasta en los más inesperados nombres de lugares. Y en la masa informe de las leyendas populares, aun sin aceptar el extremado criticismo e Manuel Losa, que ve en la historia jacobea repeticiones de viejas narraciones célticas, verdad es que los gallegos ponen seres alados con papel de genios protectores habitado alcázares ocultos por las móviles aguas de los ríos, encantados y encantadores en sus cámaras mágicas de palacios fabricados con rocas cristalinas. Un cuento de esta especie recogió el P. Sarmiento sobre el río Barbanza, y otro sobre el pozo de Bradomil, y la paciente búsqueda de Murguía puso de relieve cuánto hay aún de vieja mitología ancestral en el culto campesino a las aguas, al fuego, a los astros, a la naturaleza inanimada, a los seres sobrenaturales que habitan en los lares, a las hadas de la tierra, a las doncellas de los arroyos, a los fantasmas y “canouros” de los bosques, a los “mouros”, “ouvas” y nigromantes huéspedes de antros y cavernas, amén de las “meigas” o brujas y de los “vindouros” o adivinos. Hasta de los ritos del culto druida restan nombres y detalles, cual la veneración el muérdago, basada en la creencia de que si se cubre un helecho con una servilleta blanca en la noche mágica de San Juan, al día siguiente está llena de gnomos, e incluso del valor medicinal de esos ritos, como la opinión de que para curar las hernias a los niños es suficiente hacerles pasar a través del corte hecho en el tronco de un árbol sagrado, tal como por ejemplo el roble.

miércoles 7 de octubre de 2009

¿ Qué significa ser conservador ? por Russel Kirk.


Los líderes conservadores, incluso después de Burke y Adams, han suscrito ciertas ideas generales que, a modo de definición, brevemente pondremos por escrito. Los conservadores desconfían de lo que Burke denomina “abstracciones”, esto es, dogmas políticos absolutos divorciados de la experiencia práctica y de las circunstancias particulares. De todos modos, creen en la existencia de ciertas verdades permanentes que gobiernan la conducta de la sociedad humana. Quizás, los puntos fundamentales que han caracterizado al pensamiento conservador son los siguientes:


Punto 1.

Los hombres y las naciones están gobernados por leyes morales; y esas leyes tienen su origen en una sabiduría que es más que humana, en la justicia divina. En el fondo, los problemas políticos son problemas morales y religiosos. El hombre de estado sabio intenta comprender la ley moral y que su conducta se corresponda con ella. Tenemos una deuda moral con nuestros ancestros, quienes nos otorgaron la civilización, y una ligación moral con las generaciones que vendrán después de nosotros. Esta es una deuda ordenada por Dios. Por lo tanto, no tenemos ningún derecho a intentar forzar imprudentemente la naturaleza humana o el delicado tejido de nuestro orden social civil.